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9 febrero 2014 7 09 /02 /febrero /2014 23:46

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              El plan seguía los cauces establecidos y calculados. Una secreta asociación, formada por sabios, asumía un extraordinario poder, decisivo y necesario para salvar la situación que se planteaba.

          La voluntad y necesidad de librarse del desastre les otorgaba una fuerza inusitada. Pronto, en tan sólo unos meses, la tierra se vería sumida en una concatenación de desastres naturales que no podrían evitarse. La naturaleza daría por concluida la posibilidad de vida en el planeta. Un cambio brusco de la polaridad magnética desencadenaría una sucesión de catástrofes naturales: tsunamis, terremotos, erupciones volcánicas y el colapso total de cualquier medio de comunicación y de transporte dentro del ámbito de la atmósfera terrestre. Escapar fuera de esta atmósfera sería la única salvación. Pero esto sólo estaría al alcance de un selecto grupo de millonarios y dirigentes poderosos que pudieran pagar, con sus riquezas, un pasaje hacia un nuevo planeta que conquistar.

Todo estaba preparado en secreto para no crear una alarma que hiciese tambalear el plan de salvación. En la superficie de Marte se habían instalado enormes generadores químicos de dióxido de carbono. La producción de este contaminante tan conocido en La Tierra era capaz de generar en este planeta un efecto invernadero que protegía de la influencia nociva del sol, pero que atrapaba dentro de su atmósfera suficiente calor como para provocar, según pasaban las estaciones, periodos en los que la lluvia era abundante y el hielo acumulado por millones de siglos en la superficie, formaba océanos que hacían de pulmones, generando oxígeno limpio y respirable. Por lo tanto, la vida ahora era perfectamente posible en ese planeta.

          Así se les hizo saber, por la secreta sociedad, a unos miles de elegidos, mientras el grueso de habitantes de La Tierra serían ignorantes de lo que ocurriría cuando ellos la abandonasen buscando escapar de una terrible agonía.

          La alianza de sabios había sido preparada en el más alto secreto. El poder concedido a los elegidos para formar parte de ella era casi divino. Gozaban de la facultad de dar vida nueva y de otorgar, por el contrario, una muerte segura a la otra parte, ocultándoles la verdad de lo que ocurriría. Para este fin confeccionaron una lista con los elegidos.

          No fue difícil la elección, por parte del comité de sabios, de los que cambiarían el devenir de su destino, alejándose para siempre de La Tierra. La riqueza y el poder se concentraba en algo más de tres mil personas. Estos acaparaban el noventa por ciento de los recursos, quedando el diez por ciento restante como migajas que la humanidad se repartía a duras penas.

          La lista se cerraba con una serie de mandatarios corruptos y jerarcas eclesiásticos de las principales religiones, con mucho poder, a los que también se les informó del plan. Para financiar lo proyectado, era importante conseguir los máximos recursos; aunque todo no valía, un desmesurado abuso haría levantarse a los oprimidos poniendo en peligro la marcha del plan establecido.

          Todos los miembros de la alianza secreta se salvarían del desastre sin invertir, ya que sus únicas riquezas eran las intelectuales. Así cargarían moralmente con las consecuencias del plan, pero tendrían el reconocimiento de los salvados que los encumbrarían a la categoría de iguales y magnánimos.

          Se combinó a los elegidos a acudir a una reunión ultrasecreta en la que se les informaría sobre los detalles del viaje, y en la que a todos, sin excepción, se les vacunaría para garantizar la seguridad sanitaria con un viaje tan largo por delante. Acudieron a la cita con la convicción de que el siguiente paso sería el embarque en una nave para librarse de la ya inminente avenida del cambio magnético. Todos, sin faltar ninguno, pasaron un control médico en el que les fueron suministradas las dosis de vacunas. Este era el paso más delicado, pero también era el más necesario y, por último, el fin de tan secreto plan de salvación.

          El terrorismo no tiene justificación. Acabar con ellos con una dosis mortal de medicamentos era, con certeza, el hecho más crudo e inhumano del plan, pero ellos pensaban utilizar toda su fortuna para salvarse, sin importarles nada de lo que pudiera ocurrir al resto de habitantes del planeta. Habitantes que habían llegado a un límite que justificaba esta dramática salida.

          La Alianza de sabios fue disuelta después de repartir equitativamente todas la fortunas, patrimonios y recursos de los que sólo un puñado de pobladores del planeta disfrutaban a costa de la pobreza y miseria de la gran mayoría.

          La acumulación de riqueza fue considerada una maldición que nadie deseaba para sí. En el planeta pronto floreció una paz y prosperidad que jamás se había conocido. Se abolieron las fronteras y las naciones, todos serían ahora habitantes de un mundo llamado Tierra, en el que nacer en cualquiera de sus partes era siempre garantía de bienestar y justicia.

 




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18 diciembre 2012 2 18 /12 /diciembre /2012 09:22

Ha venido a decírmelo un mirlo

Negro pájaro, de pico rojo

-¡Vade retro! que soy cojo

-No te asustes, no puedo permitirlo

 

-¡¡Hablas!!¿o es que estoy loco?

-De toda la vida, más que un loro

-No te metas conmigo, ten decoro

-Lo siento, al hablar me equivoco

 

-Pues dime, extraño animal

-Yo vivía en el campo, lejos de la Urbe...

-¿Encuentras algo que te turbe?

-Hay una diferencia abismal:

 

Aquí las plantas piden auxilio

respirar es difícil tarea

el azul del cielo desnacaréa

morar en la ciudad es el exilio

 

En el campo somos etapa

nada se desperdicia

la muerte no es inmundicia

de ella el bosque hace capa

 

Una hoja caída es simiente

todos los colores son vida

las estaciones eso no olvidan

verde, es vida para el siguiente

 

La naturaleza es mi morada

pero volando me he despistado

y llegue a este lugar desforestado

donde vivo ya una temporada

 

Con tanta antena no me oriento

de mi casa no hallo el camino

es por esa razón mi desatino

por eso y que estoy hambriento

 

Llévame donde acaba esta bruma

a donde lo frondoso empieza

dame de comer alguna pieza

antes que la ciudad me consuma

 

-Así lo haré bello pajarillo

primero mi comida compartiré

después contigo partiré

y por el gris seré tu lazarillo

 

Hasta llegar, donde acaba el asfalto

conmigo estarás seguro

Nadie ha construido el muro

si lo hay lo tomamos al asalto

amigo

 

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17 septiembre 2011 6 17 /09 /septiembre /2011 19:07

 

Los sueños son gratuitos, soñar no cuesta dinero”- . Aquel chaval saltaba por primera vez la valla de aquella placita portátil mientras era perseguido por un eral de vientos huracanados. Acababa de ponerle un par de banderillas. Antes lo recibió con el capote alquilado, como lo eran el traje de corto y los botos de campo.

El sorteo fue el principio de la faena. Le tocó el becerro más feo, el más grande, el menos deseado. Su tío le advirtió -“ Perico, quese toro no ehhh la carretilla”- pero él, haciendole un retrato a su destino, dijo – calla y no nombres malfarios que de esta, o salgo con el rabo, o me vais a ver al hospital.

-no zeah loco, no hay na que demotrá, no pienses en el público, ni en los chavale que vienen deträ; piensa en tu mare, en tu pare y na mah. Si quieres, que vean tu bondad, pero no ta riedgue, que no tié ofisio, y que un eral te puee matá.

Mira que se lo dijo, mira que le avisó “ no sueñes tan alto, no te vayas por las nubes” . Mira donde está ahora ...y sólo era un querube.

 

 

Los sueños son gratuitos

soñar no cuesta dinero

El maletilla a merced

de un animal resabiao

Soñó y durmió

a él nada le costó

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22 diciembre 2010 3 22 /12 /diciembre /2010 08:58

Solo una luz tenue, reflejada a duras penas por dos lámparas de aceite, me dan el tino y el aliento necesario para acabarte todo esto a tiempo.

Hago planes para ti, dicen que ha de venir quien nos guíe, que los tiempos van a cambiar y que los pobres seremos los más ricos.

Vendrás en un momento difícil. Tu madre y yo no andamos sobrados de nada, hasta nos falta grasa para los candiles, pero esto...,esto te lo acabo.

Quiero que luzcas, orgulloso, en tu cuna; madera noble,curvada a mano para mecerte. Jugarás con esta esfera, son muchas tardes de torno y olor a caoba. Observaras un carrusel de colores y figuras con hilo y madera de incienso. Mira sobre tu cabeza y veras moverse el mundo.

Es la madrugada, todos duermen.,A la mañana hemos de partir, pero esto te lo acabo. Eres esperado.

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6 octubre 2010 3 06 /10 /octubre /2010 07:56

 

La garza y el toro

 

      La tarde en la dehesa es luminosa, el dorado reflejo sobre las palmeras, que recorren el camino hasta el cortijo, amenaza quemarlas con su brillo, el sol manifiesta el amarillo de la siembra ya recogida. Serán las ocho de la tarde, y a esa hora donde se está a gusto es en la mancha de encinas que hay junto al abrevadero, y pegada a la cerca del camino. En ese momento pasean las señoras de los alrededores, con su caminar rápido y sus zapatillas ligeras. Ellas invariablemente pasan andando. Siempre hay una que dice que la valla de tronquitos, que separa la finca de la vereda, es insignificante frente a la fuerza de una fiera.

      ...Sé que cuando hablan de fiera se refieren a ti.

         - Sí, a ti, Toro orgulloso. Yo siempre me he arrimado al mejor y más noble de la manada, he sido una Garza con suerte y mucho ojo. Tú mírate, no eres ni sombra de lo que eras.

         - ¿Tú ves aquí a algún toro que tenga más de 4 años?

         - No empieces con eso, tú mismo estabas en otra parte de la finca cuando eras becerro y todavía no nos conocíamos; quizá estén en otras tierras. En mis vuelos he podido ver que detrás del río y de los álamos blancos, la dehesa no se acaba y continua hasta perderse en el horizonte.

         - No son esas las historias que se cuentan. Tendrías que oír lo que se dice sobre uno de los sementales, se lo llevaron con cinco más y sólo volvió él, envuelto en tubos y con una cara de pena que parecía más muerto que vivo.

         - Pues tendrías que verlo ahora, yo lo he hecho y te digo que de cara de pena, nada. Pasa el día solo, eso sí, pero supongo que será para que no envenene con sus historias ...es todo un seductor ¿sabes? y su camada es innumerable.

         - Intentas confundirme para que no lo piense, pero...¿recuerdas que el otro día vino el mayoral con dos señoritos y estuvieron frente a nosotros y al levantarme me señalaron? Lo he visto antes, nos llevan a otro lugar y a mí me gusta estar aquí, contigo, viendo como cae la luz de la tarde, a la sombra del encinar y a la vera del agua y el camino.

          ...He vivido tantas cosas en este lugar. ¿Recuerdas aquella vez, aquí mismo? aun no tenía cumplidas dos yerbas*, estaba distraído viendo las espigas de trigo mecerse al son de la brisa, cuando pasaron aquellos ciclistas ¡que susto me dieron! rebrinqué hacia atrás y tiré el abrevadero. No me gané la amistad de nadie ya que, ese verano, les obligué a todos a beber, durante días, en los que hay en lo alto de la loma chica.

         - Claro que me acuerdo, casi me ahogo cuando me llevó la corriente y no pude remontar el vuelo. Sé que os montan en camiones, eso sí lo he visto.

         - Eso es lo que temo, que se confirmen la historias que se cuentan sobre Saltón, el semental, que donde nos lleven sea a una fiesta donde hay mucho ruido y acaban con nuestra vida, sin remedio.

         - ¿Eso quién lo cuenta? ¿el rey de la maná? que pesa el doble que tú y camina sin fuerza ninguna. Pues a donde te lleven, si ese ha regresado, tú no vas a ser menos. ...A una fiesta, sí señor, que ya tienes cuatro años.

      ...Cuatro ya, cuantas vivencias ...y lo mal que lo pasaste cuando quedaste preso de la encina ¿recuerdas? . Esa mañana no pasaban hombres por la finca. Vine como todos los días, pero tú estabas encelado con el tronco de la encina de la loma grande. Pensabas que si algún día lograbas tirarla, ocuparías el mejor sitio de la dehesa. Entonces no sabías que el lugar sin la sombra y el abrigo de sus ramas se convertía en un desierto. Tu cuerno derecho se metió en la madera de tal forma que no podías despegar la cabeza del retorcido tronco. Fui yo quien te tranquilicé, el que te inspiró la confianza y la serenidad necesaria para que pudieras despegarte del árbol.

         - Entonces no sabía lo que ahora, ellos no quieren que aprendamos nada; a las vaquillas las prueban, pero a nosotros no. Las llevan a la placita del cortijo y allí hacen una capea. Los zagales se divierten mientras las vacas intentan coger el trapo. ...Yo también correteaba de pequeño detrás de las mariposas.

         - Y detrás de mí; te hacía correr para que se te despegasen los mosquitos de los ojos. ¿No te das cuenta que estoy contigo desde que eras un eral? Ya cuando llegaste me fijé en ti. Fue cuando te quedaste solo y apartado, esperando a que los demás eligiesen sitio; pero tú, después de la espera y al ver la loma alta, fuiste monte arriba y y te instalaste en su cima. Se te podía ver desde la presa, desde el cortijo grande, desde el chico, desde los almezos del arroyo, desde aquí, el sitio donde estamos y que nunca dejamos por las tardes, desde abril hasta agosto. Sí, pensé en aquel momento, si elijo a este, seguro que acierto; será de los que vuelvan, del que ya nunca me despegaría.

      Conozco esas historias y además me las creo, pero también sé que hay algunos que regresan, y que hasta que mueren llevan una plácida y dulce vida. Tú eres hijo de uno de ellos. Algún día te diré quien es tu padre o... quien fue... Acabó apagándose. Era feliz, pero en ocasiones cambiaba el rostro y parecía asustado y desorientado. Se dejó morir, subió a la loma, uno de los pocos días que decidieron sacarlo del establo, si moría dentro no se podría recoger con el tractor. Parecía que esa era su intención, pues casi no comía y permanecía echado muchas horas en aquel mismo establo donde nació siete años antes. Recuperó aliento, se encaminó a lo alto de la loma grande y allí se echó a los pies del árbol que la coronaba. Los primeros días mantenía el cuello erguido. El capataz subía a diario, le preparaba un gran perol* con cereales, tostados y molidos, pero nunca comió.

      La última noche, a finales de agosto, cayó una tormenta de las grandes. El capataz subió hasta los pies de de encina y le cubrió con una lona. No es que lo matase la tormenta, pero sé que pasó mucho miedo esa noche; aunque fue al amanecer cuando dejó caer su cornamenta sobre la enorme sartén, anunciando con la señal sonora que se había despedido. El golpe se oyó en la presa, el cortijo grande, en el chico, en los almezos del arroyo y desde el abrevadero del camino. La pala de un tractor lo recogió por la mañana. Toda la manada se acercó a despedir al primero que consiguió volver. La solitaria encina fue testigo de la paz en la que, después de la tormenta, murió.

         Desde entonces la loma grande fue sólo de tu padre y nadie osaba ocuparla. Hiciste bien, ninguno optó por subir y tú esperaste paciente, por eso te elegí.

         -Nos montan en camiones, nos llevan a una de esas plazas, y allí mismo acaban con nuestra vida.

         -No con la de todos, tu misión es regresar. No sigas por ahí ¿ya estás otra vez?

         -Nos echan barro en los ojos y no estás tú para quitármelo, nos clavan palos con pinchos y no hay chaparro donde aliviarse; finalmente, nos hunden una espada y nos siguen hasta que nos entregamos a la muerte. Es por eso por lo que aquí ninguno tenemos más de cuatro años.

         - Tu padre regresó, Saltón también lo hizo, tú serás el siguiente. Cálmate y no estés tan asustado, que ya no sé que más puedo decirte, pero si sé que tu destino es estar aquí conmigo hasta que un día alguno de los dos... ya sabes...acabe doblando el ala, como decimos nosotras.

                                                _________________________

 

      «Sin el frescor que daba el aire entre los trigos y con la cosecha ya recogida, una mañana vinieron cuatro jinetes y apartaron seis toros, entre los que estabas tú. Te condujeron sin necesidad de usar la garrocha, a ti y a otros cinco de entre los mejores de la ganadería. Os encerraron en el corral y allí estuvisteis hasta el día siguiente, por la mañana.

      El corral..., no puedo evitar el acordarme de cuando nos conocimos: entonces eras un eral, pasaste allí dos días con sus noches. Cojeabas de una pata y te llevaron al cercado para que el veterinario te curase. Fue cuando después de haberte elegido decidí el presentarme. Estabas echado, me posé sobre tu lomo y levantaste levemente la cabeza, me miraste y la volviste a posar sobre la arena fría. Esa noche la pasé contigo, y de mañana despertaste con un delicioso dolor que te anunciaba que ya nada te molestaba en la pata. ¡Fui yo! yo, sí señor, toro bravo; yo y no el veterinario, el que te quitó con el pico la astilla que llevabas clavada hacía días. Desde entonces siempre hemos estado juntos. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer.

      Al día siguiente, mientras los camioneros desayunaban, el capataz ordenó que os metieran a los seis en el camión.

      En mi familia hemos volado mucho y aunque los que vivimos aquí ya no migramos, creí que podría seguirlo hasta donde te llevasen; me costó, pero lo conseguí.

      Tenías razón, una plaza como la del cortijo, pero más grande. Os sacaron del camión y os dejaron en un corral. ¡Qué sorpresa te llevaste al verme aparecer! Pasamos esa noche conversando sin parar; lo hicimos de la encina de la loma grande, de las tardes de invierno, de nuestra amistad y de qué sé yo. Me dijiste que te guardase el sitio aunque no volvieras, ...pero volviste.

      No he venido hoy con ganas de reprocharte nada, ahora te entiendo muy bien, eres como tu padre y él era el mejor. ...Todavía pasan por aquí los hombres hablando de él y señalando siempre a la encina de la loma grande; ahora tú ocupas su puesto. Que injusticia, el tractorista lo subió sobre un camión aquella mañana que, con su brisa y su olor a tierra mojada, anunciaba el fin del verano; y otra vez se lo llevaron, ...de aquella no regresó. Y tú aquí, mírate, en lo más alto de la Loma y a la vera de la Encina ...Ya no se duele de tus cornadas.

 

      El veterinario..., el veterinario me dio un empujón y desde entonces sabes que mis patas son frágiles, de un manotazo me sacó fuera del corral de la plaza a donde te condujeron moribundo, después de tu suplicio. Sólo mi compañía te hubiese dado serenidad. No sé que ocurrió allí, pero al día siguiente te devolvieron al cortijo, dormido y casi sin vida.

 

      Saliste el quinto. Yo esperaba en el tejadillo de autoridades, diste dos vueltas a la plaza y a la llamada del maestro, sobre las barreras, acudiste al capote. El murmullo en los tendidos tenía más peso, todos hablaban de ti y de tu trapío.

      El torero se despegó de las tablas mientras tú le seguías. Un pase detrás de otro y luego un desplante. ¡No te asustes! -exclamé para mí- sigue así....

      Tú siempre fuiste noble con los caballos, pero a aquel jinete había que derribarlo, nunca necesitaste una garrocha que te marcase el camino, y este te hizo daño con ella. Cuando acabó aquella tortura tu sangre brotaba a cada paso que dabas.

     ¡No te asustes, sigue así! continuaba pensando, con la esperanza de que sintieras mi presencia.

      Luego fueron las banderillas: corriste detrás del primer banderillero, el mismo que te dejó enganchados dos garapullos sobre los borbotones de sangre. El segundo no supo engañarte, pasaste tan rápido que casi se las clava en las zapatillas. A continuación vino el último par. De nuevo tu enemigo frente a ti, llamándote la atención, las banderillas en la mano derecha, la cabeza alta, la boca abierta, caminando despacio mientras se adornaba al andar. Levantó el brazo derecho mostrándote los palitroques, tú le miraste y él te llamó ¡éje toro! En la plaza sólo se oía tu bufido mientras trotabas en dirección al banderillero. De pronto desapareció de tu vista, y de un gran brinco te clavó los dos rehiletes con una sola mano que sacó por su espalda.

      Sigue así -pensé-, sigue así.

      Fue como aquella vez que tiraste la rama baja de esta encina, no conocías el alcance de tu fuerza y te encaramaste al tronco retorcido. Encajaste la cornamenta entre los tallos, y con un solo giro de tu cuello caísteis la gran rama y tú. No te lo esperabas, pero al revolcarte loma abajo entre vástagos enroscados, tuviste que sentir algo parecido a lo de aquella tarde.

       El torero bebió agua y después de saludar a las autoridades se plantó en el centro de la plaza. Con la montera en la mano, brindó la faena al público. A ti te tenían distraído en uno de los burladeros. De pronto silencio; alguien tosió y se oyó en toda la plaza. El brazo izquierdo sobre la cadera, la muleta planchada, una mariposa gigante en manos de tu enemigo. -Sigue así, haz lo que él quiere, corre detrás de la mariposa que no se deja nunca coger- pensaba mientras te observaba.

       Sus primeros pases fueron vitoreados por la gente que llenaba la plaza. Luego te dejó descansar, para, con la muleta en la mano izquierda y el engaño de espada en la derecha, jugar contigo, y tú... siguiendo a la mariposa. -Sigue así, demuestra que no se burlarán de ti, da todo, sigue así- Es lo que hizo tu padre, por eso estás aquí. A él le hicieron ir tres veces al jinete. A cada paso que daba dejaba un charco de espesa sangre sobre el naranja redondel. Nada le paró hasta que los cabestros lo acompañaron a los toriles, donde había pasado la noche anterior. Luego curó casi todas sus heridas, aunque las peores no terminaron de sanar. Se ponía triste algunas noches, sobre todo, cuando eran muy oscuras o la nubes tapaban la luna. El verano acababa y el otoño con su invierno iba a ser demasiado duro para él. Esa última noche de agosto era sólo el aviso de la llegada de los días cortos, esos en los que las noches duran demasiado. Estaba cansado y roto por dentro, no fueron sus heridas del cuerpo...no.

      Estuvo bailando contigo sin darse cuenta de tu sufrimiento ¡sigue así! En el centro de la plaza sólo estabais él y tú. Tú que tenías al alcance el triunfo de los dos; y él, que jugaba contigo a un juego demasiado cruel. Pero la lidia estaba acabando, con una poca de suerte, o bastante, pasarías todavía muchos días haciéndome compañía, aquí en la finca.

Acudiste a la muleta tantas veces como te llamó. En el coso, algunos comenzaron a clamar pidiendo tu indulto. El torero y tú, los dos borrachos; una y otra vez. ¡Indulto, indulto! comenzó a hacerse más sonoro el clamor.

      El presidente quería que el matador culminase su tarea. El diestro te miró y tú le devolviste la mirada. "Lo siento, toro, pero he de ir abreviando, esta es la última tanda y a por la espada". Casi no te quedaban fuerzas. Perdías mucha sangre, pero tu nobleza te daba alas para volver a embestir y bailar con la muleta. ¡Indulto, indulto! gritaban en la plaza; una olla donde se estaba cociendo tu carne. El torero se dirigió a su mozo, se enjuagó la boca y pidió la espada.     

      El primer aviso estaba a punto de sonar y eso podría ensombrecer el triunfo.¡Indulto, indulto! el vocerío era atronador. Todos pedían tu perdón, todos menos el presidente. El torero miró a su palco esperando una posible remisión, en ese instante sonó el primer aviso. Se dirigió hacia donde estabas y te citó por última vez. El público comenzó a tronar protestando por la inminencia de tu muerte, mientras pedían a gritos él indulto. Tú acudiste a la llamada del matador. En ese momento el pañuelo naranja asomó por el palco de presidencia. Mientras sonaba el clarín anunciando la mejor de sus notas, el torero ya estaba sobre ti, clavándote una media lagartijera*. El público no dejaba de gritar, por eso el torero no oyó la señal que anunciaba la absolución. Fue el mayoral el que salto a la plaza, mandó inmediatamente la presencia de los mansos. Salieron los bueyes a abrazarte, tú los seguiste hasta el corral. Me acerqué, pero no me viste, estabas confundido. Entonces el veterinario me arrojo de un manotazo, lejos de tu presencia. Aún pude gritarte: "No te abandones, ya ha pasado lo peor. Volveremos a vernos en la finca, donde te convertirás en un numeroso padre".

      Hoy han traído a nueve erales. Uno de ellos no deja de fijarse en nuestra encina. Tendré en cuenta a ese torito, seguro que es de tu estirpe. Pero ya no estoy ni para erales, ni para novillos. Sólo quiero quedarme aquí contigo. Esta loma y esta encina es, sin duda, el mejor sitio de la dehesa. Desde aquí se ve la presa, el cortijo grande, el chico, el arroyo de los almezos, el abrevadero del camino y el lugar donde ahora descansas.

      Sobre ti florecen los jaramagos, y la encina ha recobrado vida. La única pocha aquí soy yo, ¿quién sabe si resistiré la llegada del otoño y de las frías y largas noches? Aquí se está bien, la encina y tú me protegéis. Si algún torito noble quisiera ocupar este sitio, le contaré historias mientras tenga fuerzas.

      Le contaré que llegaste vivo a la finca, aunque muy herido, y que esa noche saliste del corral y subiste la loma, por última vez, donde por fin te echaste. Te encontraron por la mañana. El capataz decidió enterrarte aquí mismo. En tu recuerdo han puesto una placa de madera, con tu nombre, sobre la encina. <<Centinela>>

 

*  “Yerbas” Se refiere a la edad temprana del toro.

* “Perol” Especie de sartén, parecida a la paellera o paella, pero mas honda. 

* “Media lagartijera” Estocada, no completa, pero muy efectiva, cuya ejecución popularizó  Rafael Molina Lagartijo "Califa de Córdoba”.

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