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6 octubre 2010 3 06 /10 /octubre /2010 07:56
La garza y el toro

 

La garza y el toro

 

     

La tarde en la dehesa es luminosa. El dorado reflejo sobre las palmeras que recorren el camino hasta el cortijo amenaza quemarlas con su brillo. El sol manifiesta el amarillo de la siembra ya recogida. Serán las ocho de la tarde, a esa hora donde se está a gusto es en la mancha de encinas que hay junto al abrevadero, y pegada a la cerca del camino. En ese momento pasean las señoras de los alrededores, con su caminar rápido y sus zapatillas ligeras. Ellas invariablemente pasan andando. Siempre hay una que dice que la valla de tronquitos, que separa la finca de la vereda, es insignificante frente a la fuerza de una fiera.

      ...Sé que cuando hablan de fiera se refieren a ti.

         - Sí, a ti, toro orgulloso. Yo siempre me he arrimado al mejor y más noble de la manada, he sido una garza con suerte y mucho ojo. Tú, mírate, no eres ni sombra de lo que eras.

         - ¿Tú ves aquí a algún toro que tenga más de 4 años?

         - No empieces con eso, tú mismo estabas en otra parte de la finca, cuando eras becerro, y todavía no nos conocíamos; quizás estén en otras tierras. En mis vuelos he podido ver que detrás del río y de los álamos blancos, la dehesa no se acaba y continua hasta perderse en el horizonte. 

         - No son esas las historias que se cuentan. Tendrías que oír lo que se dice sobre uno de los sementales: se lo llevaron con cinco más y solo volvió él, envuelto en tubos y con una cara de pena que parecía más muerto que vivo.

         - Pues tendrías que verlo ahora, yo lo he hecho, y no lo veo apenado. Pasa el día solo, eso sí, pero supongo que será para que no envenene con sus historias...es todo un seductor ¿sabes? y su camada es innumerable.

         - Intentas confundirme para que no lo piense, pero... ¿recuerdas que el otro día vino el mayoral con dos señoritos y estuvieron frente a nosotros hasta que empezó a darnos el sol, y que cuando me levanté me señalaron? Lo he visto antes, nos llevan a otro lugar y a mí me gusta estar aquí, contigo, viendo como cae el sol de la tarde, a la sombra del encinar, y a la vera del agua y el camino.

... ¿Te acuerdas aquella vez?  Tenía cumplidas dos yerbas*, estaba distraído oyendo el crujir de las algarrobas al pisarlas, cuando pasaron aquellos ciclistas ¡que susto me dieron! Rebrinqué hacia atrás y tiré el abrevadero. No me gané la amistad de nadie ya que, ese verano, les obligué a todos a beber durante días, en los que hay en lo alto de la loma chica.

         - Os montan en camiones, eso sí lo he visto.

         - Es lo que temo, que se confirmen la historias que se cuentan sobre Saltón, el semental, que donde nos lleven sea a una fiesta donde hay mucho ruido y acaban con nuestra vida, sin remedio.

         - ¿Y eso quién lo cuenta? ¿el rey de la maná? que pesa el doble que tú y camina sin fuerza. Pues a donde te lleven, si ese ha regresado, tú no vas a ser menos. ...A una fiesta, sí, que ya tienes cuatro años.

      Cuatro ya...y dos que tenías cuando lo del árbol ¿recuerdas? Esa mañana no pasaban hombres por la finca. Vine como todos los días, pero tú estabas encelado con el tronco de la encina de la loma grande. Pensabas que, si algún día lograbas tirarla, ocuparías el mejor sitio de la dehesa. Entonces no sabías que el lugar sin la sombra y el abrigo de sus ramas se convertía en un desierto. Tu cuerno derecho se metió en la madera de tal forma que no podías despegar la cabeza del retorcido tronco. Fui yo quien te tranquilicé, el que te inspiró la confianza y la serenidad necesaria para que pudieras despegarte del árbol.

         - Entonces no sabía lo que sé ahora. Ellos no quieren que aprendamos nada; a las vaquillas las prueban, pero a nosotros no. Las llevan a la placita del cortijo y allí hacen una capea. Los zagales se divierten mientras las vacas intentan coger el trapo. ...Yo también correteaba de pequeño detrás de las mariposas.

         - Y detrás de mí, te hacía correr para que se te despegasen los mosquitos de los ojos. ¿No te das cuenta de que estoy contigo desde que eras un eral? Ya cuando llegaste me fijé en ti. Fue cuando te quedaste solo y apartado, esperando a que los demás eligiesen sitio; pero tú, después de la espera y al ver la loma alta te fuiste monte arriba. Me trajiste recuerdos al ver tu silueta y tu porte. Así, tan alto, se te podía ver desde la presa, desde el cortijo grande, desde la casa del guardés, desde los almezos del arroyo y desde aquí, el sitio donde estamos, y que nunca dejamos por las tardes, desde mayo hasta agosto. Sí, pensé en aquel momento, si elijo a este, seguro que acierto; será de los que vuelvan, del que ya nunca me despegaría.

      Conozco esas historias y además me las creo, pero también sé que hay algunos que regresan, y que hasta que mueren llevan una plácida y dulce vida. Tú eres hijo de uno de ellos. Algún día te diré quién fue tu padre... Acabó apagándose. Era feliz, pero en ocasiones cambiaba el rostro y parecía asustado y desorientado. Se dejó morir. Subió a la loma, uno de los pocos días que al verlo tan triste decidieron sacarlo del establo. Si moría dentro, no se podría recoger con el tractor. Parecía que esa era su intención, pues casi no comía y permanecía echado muchas horas en aquel mismo establo donde nació siete años antes. Recuperó aliento, se encaminó a lo alto de la loma grande y allí se echó a los pies del árbol que la coronaba. Los primeros días mantenía el cuello erguido. El capataz subía a diario, le preparaba un gran perol* con cereales, tostados y molidos, pero nunca comió.

      La última noche, a finales de agosto, cayó una tormenta como pocas he visto. El capataz subió hasta los pies de la encina y lo cubrió con una lona. No es que lo matase la tormenta, pero sé que pasó mucho miedo esa noche; aunque fue al amanecer cuando dejó caer su cornamenta sobre la enorme sartén, anunciando con la señal sonora que se había despedido. El golpe se oyó en la presa, el cortijo grande, la casa del guardés, en los almezos del arroyo y desde el abrevadero del camino. Un tractor lo recogió por la mañana. Toda la manada se acercó a despedir al primero que consiguió volver. La solitaria encina fue testigo de la paz en la que, después de la tormenta, murió.

Desde entonces, la loma grande fue sólo de tu padre y nadie osaba ocuparla. Hiciste bien, ninguno optó por subir y tú esperaste paciente, por eso te elegí.

         - Nos montan en camiones, nos llevan a una de esas plazas y allí mismo acaban con nuestra vida.

         - No con la de todos, tu misión es regresar. ¡No sigas por ahí! ¿ya estás otra vez?

         - Nos echan barro en los ojos y no estás tú para quitármelo. Nos clavan palos con pinchos y no hay chaparro donde aliviarse. Finalmente, nos hunden una espada y nos siguen hasta que nos entregamos a la muerte. Es por eso por lo que aquí ninguno tenemos más de cuatro años.

         - Tu padre regresó y Saltón también lo hizo, tú serás el siguiente. Cálmate y no estés tan asustado, que ya no sé qué más puedo decirte, pero sí sé que tu destino es estar aquí conmigo hasta que un día alguno de los dos..., ya sabes, acabe doblando el ala, como decimos nosotras.

________________________________________________________________

 

      «Sin el frescor que daba el aire entre los trigos y con la cosecha ya recogida, una mañana vinieron cuatro jinetes y apartaron seis toros, entre los que estabas tú. Te condujeron sin necesidad de usar la garrocha, a ti, y a otros cinco de entre los mejores de la ganadería. Os encerraron en el corral y allí estuvisteis hasta el día siguiente, por la mañana.

      ...El corral, qué recuerdos. Entonces eras un eral. Pasaste allí dos días con sus noches. Cojeabas de una pata y te llevaron al cercado para que el veterinario te curase. Fue cuando después de haberte elegido decidí presentarme. Tú estabas echado, yo me posé sobre tu lomo, levantaste levemente la cabeza, me miraste y la volviste a posar sobre la arena fría. Esa noche la pasé contigo y de mañana, te despertaste con un delicioso dolor que te anunciaba que ya nada te molestaba en la pata. ¡Fui yo! ¡yo, sí, toro bravo! yo y no el veterinario, el que te quité con el pico la astilla que llevabas clavada hacía días. Desde entonces siempre hemos estado juntos.

 

      Al día siguiente, mientras los camioneros desayunaban, el capataz ordenó que os metieran a los seis en el camión. En mi familia hemos volado mucho y aunque los que vivimos aquí ya no migramos, creí que podría seguirlo hasta donde te llevasen, lo conseguí.

     Tenías razón, una plaza como la del cortijo, pero más grande. Os sacaron del camión y os dejaron en un corral. ¡Que sorpresa te llevaste al verme aparecer! Pasamos esa noche hablando sin parar. Lo hicimos de la encina de la loma grande, de las tardes de invierno, de nuestra amistad y de qué se yo; me dijiste que te guardase el sitio, aunque no volvieras, pero volviste.

 

      No he venido hoy con ganas de reprocharte nada, ahora te entiendo muy bien, eres como tu padre y él fue el mejor. ...Todavía pasan por aquí los hombres hablando de él y señalando siempre a la encina de la loma grande, ahora tú ocupas su puesto. Qué injusticia, una excavadora lo subió sobre un camión, aquella mañana, que con su brisa y su olor a tierra mojada anunciaba el fin del verano; y otra vez se lo llevaron. De aquella no regresó. Y tú aquí, mírate, en lo más alto de la Loma y al lado de la Encina ...ya no se duele de tus cornadas.

 

      El veterinario..., el veterinario me dio un empujón y desde entonces sabes que mis patas son frágiles. De un manotazo me sacó fuera del corral de la plaza a donde te condujeron moribundo, después de tu suplicio. Entonces mi compañía podría haberte dado serenidad. No sé qué ocurrió allí, pero al día siguiente te devolvieron al cortijo dormido y casi sin vida.

 

      Saliste el quinto. Yo esperaba en el tejadillo de autoridades. Diste dos vueltas a la plaza, y a la llamada del maestro, colocado en la barrera, acudiste al capote. El murmullo en los tendidos tenía más peso. Todos hablaban de ti y de tu trapío. El torero se despegó de las tablas mientras tú le seguías. Un pase detrás de otro y luego un desplante. ¡No te asustes! -exclamé para mí- sigue así....

     Tú siempre fuiste noble con los caballos, pero a aquel jinete había que derribarlo, nunca necesitaste una garrocha que te marcase el camino, y este te hizo daño con ella. Cuando acabó aquella tortura tu sangre brotaba a cada paso que dabas.

     ¡No te asustes, sigue así! Continuaba pensando, con la esperanza de que sintieras mi presencia.

      Luego fueron las banderillas... Corriste detrás del primer banderillero, el mismo que te dejó enganchados dos garapullos sobre los borbotones de sangre. El segundo no supo engañarte, pasaste tan rápido que casi se las clava en las zapatillas. Después fue el último par: de nuevo tu enemigo frente a ti, llamándote la atención. Las banderillas en la mano derecha, la cabeza alta, la boca abierta, caminando despacio mientras se adornaba al andar. Levantó el brazo derecho mostrándote los palitroques, tú le miraste y él te llamó ¡eje toro! En la plaza sólo se oía tu bufido mientras trotabas en dirección al banderillero. De pronto desapareció de tu vista, y de un gran brinco te clavó los dos rehiletes con una sola mano que sacó por su espalda.

      Sigue así -pensé-, sigue así.

      Fue como aquella vez que tiraste la rama baja de esta encina, no te imaginabas tu fuerza y te encaramaste al tronco retorcido, encajaste la cornamenta entre los tallos, y con un solo giro de tu cuello caísteis la gran rama y tú. No te lo esperabas, pero al revolcarte loma abajo entre vástagos enroscados, tuviste que sentir algo parecido a lo de aquella tarde.

     El torero bebió agua y después de saludar a las autoridades se plantó en el centro de la plaza. Con la montera en la mano, brindó tu faena al público. A ti te tenían distraído en uno de los burladeros. De pronto, silencio; alguien tosió y se oyó en toda la plaza. El brazo izquierdo sobre la cadera, la muleta planchada   era para ti una mariposa gigante en manos del enemigo. Lo miraste y él te miró; tú viste tus miedos y él vio su triunfo. -Sigue así, haz lo que él quiere. Corre detrás de la mariposa que no se deja nunca coger. Sus primeros pases fueron vitoreados por la gente que llenaba la plaza. Luego te dejó descansar, para, con la muleta en la mano izquierda y el engaño de espada en la derecha, jugar contigo, y tú... siguiendo a la mariposa. -Sigue así, demuestra que no se burlarán de ti, da todo, sigue así-.

     Es lo que hizo tu padre, por eso estás aquí. A él le hicieron ir tres veces al jinete, a cada paso que daba dejaba un charco de espesa sangre sobre el naranja redondel. Nada le paro hasta que los cabestros lo acompañaron a los toriles, donde había pasado la noche anterior. Luego curó casi todas sus heridas, las peores no terminaron de sanar. Solo se ponía triste algunas noches, sobre todo, cuando eran oscuras o las nubes tapaban la luna. El verano acababa y el otoño con su invierno iba a ser demasiado duro para él. Esa última noche de agosto era sólo el aviso de la llegada de los días cortos, esos en los que las noches duran demasiado. Estaba cansado y roto por dentro, no fueron sus heridas del cuerpo...no.

      Estuvo bailando contigo sin darse cuenta de tu sufrimiento ¡sigue así! En el centro de la plaza solo estabais él y tú. Tú que tenías al alcance el triunfo de los dos; y él, que jugaba contigo a un juego demasiado cruel. Pero la lidia estaba acabando, con una poca de suerte, o bastante, pasarías todavía muchos días haciéndome compañía, aquí en la finca.

     Acudiste a la muleta tantas veces como te llamó. En el coso, algunos comenzaron a clamar pidiendo tu indulto. El torero y tú, los dos borrachos; una y otra vez. ¡Indulto, indulto! comenzó a hacerse más sonoro el clamor.

      El presidente quería que el matador culminase su tarea, el diestro te miró y tú le devolviste la mirada. "Lo siento toro, pero he de ir abreviando, esta es la última tanda y a por la espada". Casi no te quedaban fuerzas, perdías mucha sangre, pero tu nobleza te daba alas para volver a embestir y bailar con la muleta. ¡Indulto, indulto! Gritaban en la plaza; una olla donde se estaba cociendo tu carne. El torero se dirigió a su mozo, se enjuagó la boca y pidió la espada.     

      El primer aviso estaba a punto de sonar y eso podría ensombrecer el triunfo. ¡Indulto, indulto! El vocerío era atronador. Todos pedían tu perdón, todos menos el presidente. El torero miró a su palco, esperando una posible remisión, en ese instante sonó el primer aviso. Se dirigió hacia donde estabas y te citó por última vez. El público comenzó a tronar protestando por la inminencia de tu muerte, mientras pedían a gritos el indulto. Tú acudiste a la llamada del matador. En ese momento el pañuelo naranja asomó por el palco de presidencia. Mientras sonaba el clarín anunciando la mejor de sus notas, el torero ya estaba sobre ti, clavándote una media lagartijera. El público no dejaba de gritar. Por eso el torero no oyó la señal que anunciaba la absolución. Fue el mayoral el que salto a la plaza. Mandó inmediatamente la presencia de los mansos. Salieron los bueyes a abrazarte y tú los seguiste hasta el corral. Yo me acerqué, pero no me viste, estabas confundido. Entonces el veterinario me arrojo, de un manotazo, lejos de tu presencia. Aún pude gritarte. "No te abandones, ya ha pasado lo peor. Volveremos a vernos en la finca, donde te convertirás en un numeroso padre".

      Hoy han traído a nueve erales. Uno de ellos no para de mirar nuestra encina. Tendré en cuenta a ese torito, seguro que es de tu estirpe. Pero ya no estoy ni para erales ni para novillos. Solo quiero quedarme aquí contigo. Esta loma y esta encina es sin duda el mejor sitio de la dehesa. Desde aquí se ve la presa, el cortijo grande, la casa del guardés, el arroyo de los almezos, el abrevadero del camino y el lugar donde ahora descansas.

      Sobre ti florecen los jaramagos y la encina ha recobrado vida. La única pocha aquí soy yo. Quién sabe si resistiré la llegada del otoño y de las frías y largas noches. Aquí se está bien, la encina y tú me protegéis, y si algún torito noble quisiera ocupar este sitio, yo le contaré historias mientras tenga fuerzas.

      Le contaré que llegaste vivo a la finca, aunque muy mal, y que esa noche saliste del corral y subiste hacia aquí, donde por fin te echaste. Te encontraron por la mañana. El capataz decidió enterrarte aquí mismo. En tu recuerdo han puesto una placa de madera con tu nombre, sobre la encina. <<Centinela>>

* Yerbas: se refiere a la edad temprana del toro.

* Perol; especie de sartén, parecida a la paellera o paella, pero más honda. 

* Media lagartijera: estocada, no completa, pero muy efectiva, cuya ejecución popularizó Rafael Molina Lagartijo "Califa de Córdoba”.


 

 

 

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6 octubre 2010 3 06 /10 /octubre /2010 07:52

 13/Mayo /2010

¡¡¡Qué susto me has dado, mujer!!! Se ha puesto a llover y cuando esto pasa y estás haciendo deporte con la "montainbike" no hay mas remedio que refugiarse, y esta cueva me ha parecido un buen sitio. Pero... ¿Cómo te me apareces así?
- Soy la virgen.
- La... de Montserrat, supongo, lo digo por lo bajita y renegría que eres.
- No, soy la de Fátima.
- ¡Ahivá! si hoy es trece de Mayo, seguro que esto es una broma.
- No, he querido decir que soy la hija de Fátima, como Rafael de Paula o Paco de Lucía. Es que soy gitana, portuguesa y además soy virgen.
- Ya me parecía que podrías ser portuguesa, lo digo por lo del bigote que luces. Y...¿qué quieres de mí?
- Pues... dejar de ser virgen.
-¿Y qué pinto yo en todo esto?
- Podrías hacerme el amor, aquí mismo, en la cueva.
- Ni lo sueñes, estoy casado y además, no quiero ofenderte, pero es que no me gustas. Deberías cuidar tu aspecto, quitarte el vello de la cara y mostrarte más limpia y femenina.
- Soy pastora y aquí, viviendo en el campo, no puedo asearme como quisiera. 
Al ser gitana quise guardar mi honra para cuando llegase el casamiento, pero este nunca llegó y ahora fíjate como me encuentro.
No seas tan estrecho, no conozco varón y ya no soporto esta situación ni un minuto más. 
Al verte con ese maillot y ese culotte tan estrechito y marcándolo todo, me has puesto muy cachonda.
- Pero qué me dices, no te eches sobre mí, no me des golpes en la cara, no me zarandees; eres muy fea y no quiero nada contigo. ¡¡¡Socorro!!!

- ¡¡¡ La Virgen!!! qué hostia te has pegado. ¡Despierta, despierta!. ¡Salvador, Salvador, despierta.!
- Qué no, que eres muy fea y tienes un mostacho tremendo.
- ¡Menos mal! ya estás aquí con nosotros. Te has salido en la curva y te has dado un gran golpe con este árbol, pero se te ha aparecido la Virgen, porque si no de esta no habrías salido.
Oye ¿Y qué es lo que decías del bigote? Tienes que dejar de ver el telediario y todas esas noticias de la trama Gürtell.
Mientras te recuperas vamos a refugiarnos en aquella cueva que ha empezado a chispear y parece que va a caer un chaparrón.

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6 octubre 2010 3 06 /10 /octubre /2010 07:46

Mi corazón estaba pocho.

No tenía un siete, que era un ocho.

Al zapatero lo llevé y me hizo un remiendo muy tocho,

pero un agujero me quedó

por el que perdía lo que creía imperdible:

el preciado combustible que movía mi razón.

Consulté a los de Bp, ellos también saben de fugas,

y para la mía, no tenían respuesta.

...Qué iluso, si yo lo tengo chungo, ellos lo tienen crudo.

Por las noches no dormía y preparaba la solución

y ahogaba mis agonías con litros de infusión.

Una canción escribiría,

pero solo el estribillo me salía

tantas veces lo he llorado,

que al quedarme seco ...lo he olvidado.

Ya tengo la botella,

antes, de ron llena, y ahora, vacía,

que utilizaría,

como sobre sin remite

en una larga travesía.

Soy de interior y ningún mar me comunica con ella.

Qué lejos queda Cazorla de Fontibre,

qué lejos, Sanlucar de Tarragona.

La botella con la canción enterraría

y ya nunca entregaría.

Esa fue mi salvación.

Sístole y diástole, late esdrújulo

y dame sangre nueva que me quite la desazón.

Hoy me he mirado por dentro

¿Dónde estaba el cosido?

¡Pero si ha desaparecido!

Ya he vuelto a ser yo.

Con el ron de la botella

curé la herida de mi músculo mas preciado,

Pero no he sido buen pirata,

ya que, de donde enterré el frasco,

no he hecho ni mapa.

Un beso le di al envase con su misiva,

y luego, tierra encima,

y me fui tarareando cualquier

canción de moda ese día.

Qué tonto he sido luciendo parche, garfio y pata de palo

si mi barquito no pasa de patera

y con él llevo la vida entera.

Y navego tranquilo

por playitas de palmeras.

No me falta el pescado

ni las dulces primaveras

Las olitas me mecen

y las siestas hago enteras.

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3 octubre 2010 7 03 /10 /octubre /2010 19:30

Se acabó el cocido, tú ya sabes que no debo comer.

Son cosas de la línea, ya no me veo los pies.

Me he comido to la carne del huesó de jamón

y puede ser como decir que se acabó la pringá....

Ha estado to mu bueno, yo repetiría otra vez.

Quisiera haber comido lo que me he comido otra vez.

¿Quieres ponerme otro? me lo comería, ya ves.

No enfermaré solo por zamparme cinco.

No voy a levantarme hasta acabar del to.

Sé vomitar, una vez, por cada vez que como.

No sé parar, no sé parar.

Y de postre quiero un melón.

Puede ser que explote pronto, joder, no me preguntes por qué.

Me pierdo cuando como, esto el fin, cállate.

Yo ya no tengo cura, nunca más me voy a pesar,

que me he alterao y ni el pescado me lo puedes quitar.

Será pronto, estoy perdido, cualquier día de estos, lo sé.

Quisiera comer algo, total ya qué puedo perder.

Yo ya no tengo cura, estoy gordo  ¿y qué?.

No enfermaré solo por zamparme cinco.

No voy a levantarme hasta acabar del to.

Sé vomitar una vez por cada vez que como.

No sé parar, no sé parar.

Y de postre quiero un melón.

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